Madrid: "El último escalón es siempre de distinta altura que los demás"
11, 26 de 2005-09-26 de 2005
Partí de Cáceres feliz y dichoso, cargado de equipaje y dispuesto a disfrutar al máximo de la compañía de la gente que quiero.
Inma y Lorenzo nos recibieron, como siempre, con los brazos abiertos en su casa de Aluche. La primera noche mi estómago se quejó amargamente, no acostumbrado a tal falta de actividad mental; tuve un "ligero" desajuste intestinal, cosa leve. Y no, no fue provocado por la bandeja de carnes y patatas con 10 salsas que me zampé para cenar.
La verdad es que Madrid sirvió un poco como rodaje, nos levantábamos bastante tarde y el "turismo" se reducía a ir de cañas o asomarse al balcón. Pero el miércoles era el día del Museo y había que aprovechar que las entradas eran gratis. Recorrí el palacio real de cabo a rabo, deteniéndome en cada espejo, en cada filigrana, en cada tapiz, columna, vajilla o cuadro que quedaban a mi alcance. Realmente delicioso.
A la salida del Palacio Real, nos acercamos al Tempo de Debod. Está al final de la Plaza de España, en un parquecito que queda ligeramente elevado. Es un templo pequeñito, pero merece la pena visitarlo. Fue un regalo del Estado Egipcio al español, en agradecimiento por su labor al ayudar a trasladar numerosas construcciones y restos de la cultura Egipcia en la zona inundada por las obras de la presa de Assuan.
El templo, como dije, se encuentra en un parque ligeramente elevado. Como toda elevación urbana que se precie, ésta tenía unas escaleras que sirven tanto para subir como para bajar, según el lado desde el que se mire. En la bajada, llegó la desgracia. Me disponía yo a dar una zancada para bajar el último escalón cuando, sin venir a cuento, solté una blasfemia. No sé si castigo de dios, o destino cruel, el caso es que yo, o sea, mi cerebro, creyó haber terminado de bajar el escalón antes de que mi pie tocara suelo, por lo que todo mi físico se adecuó a esta ilusión cerebral mía, poniéndose en posición de "haber llegado al último escalón y tocado suelo". Pero no fue así, como digo no toqué suelo; bueno, sí que toqué suelo, pero no con uno o dos pies como es habitual, sino con el tobillo primero, las manos después y una miajita de la cabeza en último término. Resultado: un esguince del quince y el peligro de que las vacaciones se fueran al traste. Adjunto foto de pie tras la caída.

Afortunadamente, el asunto se solucionó con 10 días de vendaje y reposo relativo. Durante esos 10 días un buen amigo me sirvió de muleta, nuestro ritmo turístico no se vio demasiado diezmado por este contratiempo.
Al cuarto día partimos hacia Barcelona, haciendo escala en la provincia de Zaragoza. Otro capítulo de las vacaciones.
Inma y Lorenzo nos recibieron, como siempre, con los brazos abiertos en su casa de Aluche. La primera noche mi estómago se quejó amargamente, no acostumbrado a tal falta de actividad mental; tuve un "ligero" desajuste intestinal, cosa leve. Y no, no fue provocado por la bandeja de carnes y patatas con 10 salsas que me zampé para cenar.
La verdad es que Madrid sirvió un poco como rodaje, nos levantábamos bastante tarde y el "turismo" se reducía a ir de cañas o asomarse al balcón. Pero el miércoles era el día del Museo y había que aprovechar que las entradas eran gratis. Recorrí el palacio real de cabo a rabo, deteniéndome en cada espejo, en cada filigrana, en cada tapiz, columna, vajilla o cuadro que quedaban a mi alcance. Realmente delicioso.
A la salida del Palacio Real, nos acercamos al Tempo de Debod. Está al final de la Plaza de España, en un parquecito que queda ligeramente elevado. Es un templo pequeñito, pero merece la pena visitarlo. Fue un regalo del Estado Egipcio al español, en agradecimiento por su labor al ayudar a trasladar numerosas construcciones y restos de la cultura Egipcia en la zona inundada por las obras de la presa de Assuan.
El templo, como dije, se encuentra en un parque ligeramente elevado. Como toda elevación urbana que se precie, ésta tenía unas escaleras que sirven tanto para subir como para bajar, según el lado desde el que se mire. En la bajada, llegó la desgracia. Me disponía yo a dar una zancada para bajar el último escalón cuando, sin venir a cuento, solté una blasfemia. No sé si castigo de dios, o destino cruel, el caso es que yo, o sea, mi cerebro, creyó haber terminado de bajar el escalón antes de que mi pie tocara suelo, por lo que todo mi físico se adecuó a esta ilusión cerebral mía, poniéndose en posición de "haber llegado al último escalón y tocado suelo". Pero no fue así, como digo no toqué suelo; bueno, sí que toqué suelo, pero no con uno o dos pies como es habitual, sino con el tobillo primero, las manos después y una miajita de la cabeza en último término. Resultado: un esguince del quince y el peligro de que las vacaciones se fueran al traste. Adjunto foto de pie tras la caída.

Afortunadamente, el asunto se solucionó con 10 días de vendaje y reposo relativo. Durante esos 10 días un buen amigo me sirvió de muleta, nuestro ritmo turístico no se vio demasiado diezmado por este contratiempo.
Al cuarto día partimos hacia Barcelona, haciendo escala en la provincia de Zaragoza. Otro capítulo de las vacaciones.
jajajajajjaj me encanta como lo cuentas ;)
Ya sabes que en Madrid siempre seréis bien recibidos. Se te ha olvidado contar la odisea para encontrar un centro de salud de urgencias a las 2 de la mañana...
Poesito chisco... si es que no se puede andar volando por ahí si luego no sabe uno posarse ;)
El tempo de Debod, que bonito suena, a ver si voy la próxima vez que vaya a Madrid. Besitos.
Que bueno leerte de nuevo!!!
Vaya pena lo del esgince, aunque me alegro de que se solucionase tan pronto.
Uhm.. nuca supe si era el "Templo de Bod" o de "Debod"... XD.
PD: Espero ansioso que nos cuentes el resto de tu viaje tan bien como nos has contando el inicio :).