Barcelona: Makinavaja está vivo!
7, 12 de 2005-10-12 de 2005
La última escala en nuestro trayecto de ida en la península fue Barcelona. Salimos de Sabiñán tempranito e hicimos el viaje de un tirón.
Para llegar a Barcelona desde la provincia de Zaragoza tienes dos opciones: utilizar la autopista o la carretera nacional. La autopista es un poco cara, por lo que nos decidimos por la nacional. Recomiendo a los trafico-fóbicos que eviten a toda costa esta carretera: jamás en mi vida vi una vía con tanto tráfico de camiones. Nos armamos de paciencia, adaptamos nuestra velocidad a la de los camiones y, unas horas después llegamos sanos y salvos.
Barcelona, que me perdonen los oriundos de la zona si les ofendo, es una calle muy larga que nace en las montañas y desemboca en el mediterráneo: la Avenida Diagonal. Es el mejor punto de referencia para moverse por la ciudad ... andando o en metro, hay que evitar el coche: es imposible (o más) encontrar una plaza libre para estacionar.
Nos alojamos en casa de un buen amigo, Edu, en el barrio de Gracia. Un tipo curioso este Edu, su casa era una suerte de albergue por el que iban pasando todo tipo de tipos, él los acogía sin el menor de los aspavientos. En la semana que estuvimos allí conocimos a Greg, de Dunkerke; Martin, de Texas y Víctor, Cacereño.

Las primeras visitas se centraron en "las joyas de la corona": el parque Güell, la Sagrada Familia, la Rambla y la zona olímpica. El parque Güell está en una zona con bastantes desniveles, circunstancia que mi convaleciente pie acusó bastante. La vegetación y los mosaicos con los que Gaudí daba su "toque" a su obra son todo uno en el parque, incluso los artistas (pintores, músicos, etc.) forman parte de la identidad del parque; nada en él está de más. A destacar también la hermosa vista de la ciudad en sus miradores.
En cualquier sitio te montan un mercado: en el puerto, en los parques, en las puertas de la Sagrada Familia y, naturalmente, en los mercados. Mercados que son muchos y con una rica variedad de productos para surtir tambien a la rica variedad de gentes que pueblan la ciudad. Hay cosas cuya existencia acabo de contrastar al verlas en la Boquería, quizás el más famoso de todos los mercados. Todos los colores se comen: negros, rosas, blancos, naranjas, rojos, azules ... todos. Si te apetece, un día puedes comer de azul y otro día de rojo. En la Boquería encontrarás alimentos de cualquier color para poner en tu mesa el primer, segundo y tercer plato (el postre, vaya).

En Barcelona hay muchos colores y olores. Hindúes y Paquistaníes, norteafricanos, chinos y europeos. El raval huele a curry y badulaque, el barrio viejo (ciutat vella) a salsa agridulce, Gracia a pan tumaca, ... y toda Barcelona huele un poco a puta.
El hormiguero en el que se mueven todas las putas es el Raval. Ivá no exageraba ni un pelo en sus cómics, el Raval está lleno de makinavajas y popis. Da un poco de miedo al principio, el cambio de ambiente es un poco radical, pero uno no puede irse de Barcelona sin pasar por el Raval. Está justo al lado del paseo de la rambla, seguid el olor del curry o de la primera puta que veáis (no os costará ver a una, en serio) y llegaréis en un plís. Es un mundo aparte, las viejas se pasan el día en las puertas de sus destartaladas tiendas comiendo manzanas al lado de las putas, los policías patrullan montados en sus furgonetas (otra vez como en el cómic de Ivà), y los locos se pasean desnudos sin temor a ser detenidos.

El olor en ciutat vella llega a ser casi nauseabundo, aunque ni el olor ni la dejadez de las autoridades consiguen tapar por completo su belleza.
Y bueno, también está el mar. De todas las playas, la Barceloneta es mi preferida. Quizás por el barrio, envidiablemente bien conservado, un barrio de pescadores con bares en los que las cervezas cuestan 2 € o 2,5 €, aunque estén en primera línea de playa.
Barcelona está muy viva. El segundo hormiguero de España, aliviado un poco quizás por la compañía del mar. Ciudad todavía habitable, vivible, amiga. Pero, desde mi punto de vista, corre el riesgo de convertirse en otra megápolis, de barrer sus raíces, de desubicarse. Ojalá me equivoque ...
Para llegar a Barcelona desde la provincia de Zaragoza tienes dos opciones: utilizar la autopista o la carretera nacional. La autopista es un poco cara, por lo que nos decidimos por la nacional. Recomiendo a los trafico-fóbicos que eviten a toda costa esta carretera: jamás en mi vida vi una vía con tanto tráfico de camiones. Nos armamos de paciencia, adaptamos nuestra velocidad a la de los camiones y, unas horas después llegamos sanos y salvos.
Barcelona, que me perdonen los oriundos de la zona si les ofendo, es una calle muy larga que nace en las montañas y desemboca en el mediterráneo: la Avenida Diagonal. Es el mejor punto de referencia para moverse por la ciudad ... andando o en metro, hay que evitar el coche: es imposible (o más) encontrar una plaza libre para estacionar.
Nos alojamos en casa de un buen amigo, Edu, en el barrio de Gracia. Un tipo curioso este Edu, su casa era una suerte de albergue por el que iban pasando todo tipo de tipos, él los acogía sin el menor de los aspavientos. En la semana que estuvimos allí conocimos a Greg, de Dunkerke; Martin, de Texas y Víctor, Cacereño.

Las primeras visitas se centraron en "las joyas de la corona": el parque Güell, la Sagrada Familia, la Rambla y la zona olímpica. El parque Güell está en una zona con bastantes desniveles, circunstancia que mi convaleciente pie acusó bastante. La vegetación y los mosaicos con los que Gaudí daba su "toque" a su obra son todo uno en el parque, incluso los artistas (pintores, músicos, etc.) forman parte de la identidad del parque; nada en él está de más. A destacar también la hermosa vista de la ciudad en sus miradores.
En cualquier sitio te montan un mercado: en el puerto, en los parques, en las puertas de la Sagrada Familia y, naturalmente, en los mercados. Mercados que son muchos y con una rica variedad de productos para surtir tambien a la rica variedad de gentes que pueblan la ciudad. Hay cosas cuya existencia acabo de contrastar al verlas en la Boquería, quizás el más famoso de todos los mercados. Todos los colores se comen: negros, rosas, blancos, naranjas, rojos, azules ... todos. Si te apetece, un día puedes comer de azul y otro día de rojo. En la Boquería encontrarás alimentos de cualquier color para poner en tu mesa el primer, segundo y tercer plato (el postre, vaya).

En Barcelona hay muchos colores y olores. Hindúes y Paquistaníes, norteafricanos, chinos y europeos. El raval huele a curry y badulaque, el barrio viejo (ciutat vella) a salsa agridulce, Gracia a pan tumaca, ... y toda Barcelona huele un poco a puta.
El hormiguero en el que se mueven todas las putas es el Raval. Ivá no exageraba ni un pelo en sus cómics, el Raval está lleno de makinavajas y popis. Da un poco de miedo al principio, el cambio de ambiente es un poco radical, pero uno no puede irse de Barcelona sin pasar por el Raval. Está justo al lado del paseo de la rambla, seguid el olor del curry o de la primera puta que veáis (no os costará ver a una, en serio) y llegaréis en un plís. Es un mundo aparte, las viejas se pasan el día en las puertas de sus destartaladas tiendas comiendo manzanas al lado de las putas, los policías patrullan montados en sus furgonetas (otra vez como en el cómic de Ivà), y los locos se pasean desnudos sin temor a ser detenidos.

El olor en ciutat vella llega a ser casi nauseabundo, aunque ni el olor ni la dejadez de las autoridades consiguen tapar por completo su belleza.
Y bueno, también está el mar. De todas las playas, la Barceloneta es mi preferida. Quizás por el barrio, envidiablemente bien conservado, un barrio de pescadores con bares en los que las cervezas cuestan 2 € o 2,5 €, aunque estén en primera línea de playa.
Barcelona está muy viva. El segundo hormiguero de España, aliviado un poco quizás por la compañía del mar. Ciudad todavía habitable, vivible, amiga. Pero, desde mi punto de vista, corre el riesgo de convertirse en otra megápolis, de barrer sus raíces, de desubicarse. Ojalá me equivoque ...
A mi Barcelona me encanta. Es una de las ciudades que más me gusta, de como está construida y como se respira. Auque en verano es axfisiante por la humedad (si viajas en avión te da un yuyu al salir del aparato que no veas). Pero en general me encanta. Tengo muy buenos recuerdos de la ciudad.
Por cierto, me ha hecho mucha gracia lo de los camiones de la carretera... ¡bienvenido a la Nacional N-232!! A su paso por Tudela yo he llegado a contar hasta 15 camiones seguidos... y por supuesto, detrás de ellos más coches y más camiones. Una locura, como bien dices.